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Incendios de sexta generación: cuando el fuego crea su propio clima

Hay incendios que dejan de comportarse según la meteorología del día y pasan a generar la suya propia. Qué significa exactamente, por qué la extinción se vuelve imposible y qué casos ibéricos definieron el concepto.

8 min de lecturaActualizado el 13 de agosto de 2026

Las seis generaciones, en orden

La clasificación por generaciones no describe la antigüedad de los incendios, sino la evolución del problema al que se enfrentan los servicios de extinción. La propuso el analista Marc Castellnou, de los GRAF de Bomberos de Cataluña, y hoy es el marco de referencia en todo el sur de Europa.

Los incendios de primera generación son los de un paisaje agrícola vivo: pequeños, frenados por cultivos y pastos. Los de segunda aparecen con el abandono rural, cuando el matorral cierra los huecos y el fuego empieza a correr. Los de tercera son ya incendios de copas en masas forestales continuas, con longitudes de llama que impiden el ataque directo.

La cuarta generación introduce la interfaz urbano-forestal: el fuego encuentra viviendas antes que cortafuegos, y los medios se ven obligados a proteger casas en lugar de atacar el frente. La quinta son los incendios simultáneos que saturan el dispositivo, como las olas gallegas o la del 15 de octubre de 2017 en Portugal.

La sexta es cualitativamente distinta: el incendio libera tanta energía que modifica la atmósfera sobre él y genera su propia circulación de vientos. Deja de responder a la meteorología ambiental. Ningún modelo de predicción basado en viento, temperatura y humedad sirve ya, porque el fuego ha dejado de ser un fenómeno pasivo.

Qué es un pirocúmulo y por qué es tan peligroso

Cuando un incendio libera energía suficiente, la columna de aire caliente y humo asciende con fuerza. Si esa columna alcanza altura suficiente y el aire contiene humedad, se condensa y forma una nube de desarrollo vertical sobre el propio fuego: un pirocúmulo. En los casos más extremos evoluciona a pirocumulonimbo, con la estructura de una tormenta.

Mientras la columna se mantiene, el incendio succiona aire por su base desde todas las direcciones. Eso ya modifica el viento local. El problema real llega cuando la columna colapsa: toda la masa de aire desciende de golpe y golpea el suelo, dispersándose radialmente en lo que se conoce como downburst.

Ese colapso proyecta fuego en todas las direcciones a la vez, incluso ladera abajo y contra el viento dominante. Es lo que ocurrió en Pedrógão Grande el 17 de junio de 2017: el frente dejó de tener una dirección predecible y atrapó a decenas de personas en la carretera N-236, que hasta minutos antes era una vía de escape razonable.

Por qué no se pueden apagar

La capacidad de extinción tiene un techo físico. Un frente de llama con una intensidad lineal por encima de unos 10.000 kilovatios por metro no puede atacarse de forma directa por ningún medio conocido: ni descarga aérea, ni línea de agua, ni maquinaria pesada. La energía del fuego supera con enorme margen la que puede aportar cualquier dispositivo.

En esas condiciones, la descarga de un hidroavión se evapora antes de llegar al suelo o es desviada por las corrientes ascendentes. Los medios aéreos dejan de volar, además, porque la turbulencia sobre la columna hace inseguras las pasadas a baja altura.

La respuesta técnica correcta deja de ser apagar y pasa a ser gestionar: retirar personal de las zonas donde el comportamiento es impredecible, proteger vidas y núcleos habitados, y preparar líneas de defensa muy por delante del frente, en puntos donde la topografía y el combustible cambien lo suficiente para que la intensidad baje por sí sola.

Es un cambio de mentalidad difícil de comunicar. Cuando las autoridades retiran medios de un incendio activo no es abandono: en Sierra Bermeja en 2021 la retirada se ordenó precisamente después de que muriera un bombero forestal y el análisis mostrara que el fuego había entrado en un régimen en el que ninguna maniobra ofensiva era segura.

Los casos ibéricos que definieron el concepto

Pedrógão Grande, junio de 2017, es el caso de referencia mundial: 66 muertos y un downburst documentado que multiplicó la velocidad de propagación en todas las direcciones. Cambió por completo la política forestal portuguesa y llevó a la creación de la actual estructura de la ANEPC.

Sierra Bermeja, septiembre de 2021, en el valle del Genal malagueño, es el caso español mejor estudiado. Generó su propia meteorología durante varios días sobre pendientes de más del 30 %, y obligó a evacuar a más de 2.500 personas.

La Sierra de la Culebra zamorana en 2022 añadió un matiz importante: ardió dos veces en cinco semanas sobre el mismo terreno, con la segunda oleada comportándose de forma extrema sobre un paisaje ya alterado por la primera.

El patrón común no es la sequía puntual, sino la acumulación: décadas de abandono rural que han generado masas de combustible continuas y homogéneas, sobre las que una ola de calor cada vez más frecuente actúa como detonante. Por eso los especialistas insisten en que se trata de un problema de gestión del territorio, no de falta de medios de extinción.

Preguntas frecuentes

¿Se ven los incendios de sexta generación en este mapa?

Se ven sus detecciones, y suelen destacar por valores de FRP muy altos, a menudo por encima de 500 MW en píxeles individuales, junto a un crecimiento rápido del número de focos entre pasadas. Lo que el mapa no puede mostrar es la columna convectiva, que es precisamente lo que define el fenómeno.

¿Son más frecuentes ahora que antes?

Sí, y por dos motivos que se refuerzan. El combustible acumulado tras décadas de abandono rural es mayor y más continuo que nunca, y las olas de calor que actúan como detonante son más frecuentes, más largas e intensas. La combinación amplía cada año el número de días con condiciones propicias.

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