Un satélite no ve llamas, mide calor
La idea intuitiva de que un satélite «ve» un incendio desde el espacio es engañosa. Lo que hacen los sensores de detección de incendios es medir la radiación infrarroja que emite la superficie terrestre y compararla con la de su entorno inmediato. Cuando un punto emite mucha más energía en la banda infrarroja media que los píxeles vecinos, el algoritmo lo clasifica como anomalía térmica.
Esa distinción importa mucho en la práctica. Significa que el sistema detecta cualquier superficie anormalmente caliente, sea un incendio forestal, una quema agrícola controlada, una antorcha de refinería, un volcán en erupción o incluso un reflejo solar intenso sobre una superficie metálica o acristalada. Por eso ningún mapa satelital puede afirmar que un punto es «un incendio confirmado».
La NASA distribuye estas detecciones a través del sistema FIRMS (Fire Information for Resource Management System), que es la fuente que utiliza este mapa. FIRMS publica los datos en modo casi en tiempo real, normalmente entre una y tres horas después de que el satélite haya sobrevolado la zona.
VIIRS y MODIS: dos resoluciones distintas
Los dos instrumentos que alimentan la mayoría de mapas de incendios del mundo son MODIS y VIIRS. MODIS es el más antiguo, va a bordo de los satélites Terra y Aqua, y trabaja con píxeles de 1 kilómetro de lado, es decir, unas 100 hectáreas por píxel. Es útil para grandes incendios pero se le escapan los focos pequeños.
VIIRS es la generación siguiente y es el que utiliza este mapa. Va a bordo de los satélites Suomi NPP, NOAA-20 y NOAA-21, y su producto de incendios trabaja con píxeles de 375 metros de lado, unas 14 hectáreas. Esa resolución le permite detectar focos considerablemente más pequeños y delimitar mucho mejor el perímetro activo de un incendio grande.
Tener tres satélites con el mismo sensor es una ventaja operativa importante: multiplica el número de pasadas diarias sobre un mismo punto. En la latitud de la península ibérica, la combinación de los tres proporciona del orden de seis a ocho observaciones útiles al día, repartidas entre pasadas diurnas y nocturnas.
Por qué existe un retardo de una a tres horas
Los satélites de órbita polar no graban vídeo continuo. Dan vueltas a la Tierra a unos 830 kilómetros de altura, completando una órbita cada 100 minutos aproximadamente, y solo observan una franja del terreno cuando pasan por encima. Entre dos pasadas útiles sobre el mismo punto pueden transcurrir varias horas.
A ese intervalo hay que sumarle el tiempo de proceso. La imagen bruta debe descargarse a una estación de tierra, procesarse para aplicar el algoritmo de detección, geolocalizarse y publicarse en el servidor de distribución. En el producto NRT (Near Real-Time) de la NASA ese ciclo completo tarda habitualmente entre una y tres horas.
La consecuencia práctica es fundamental: la marca de tiempo que ves en cada foco indica cuándo lo observó el satélite, no cuándo empezó el fuego ni dónde está el frente en este momento. En un incendio que avanza a 3 km/h, el frente real puede estar varios kilómetros por delante del último punto marcado.
Qué impide que el satélite vea un incendio
La limitación más frecuente es la nubosidad. Los sensores infrarrojos no atraviesan una capa de nubes densa, así que un incendio activo bajo un frente nuboso simplemente no aparece. Esto es especialmente relevante en la cornisa cantábrica y en el norte de Portugal, donde la nubosidad atlántica es persistente incluso en episodios de incendios.
La segunda limitación es el tamaño del foco. Para que un píxel de 375 metros se marque como anomalía, la superficie en llamas dentro de ese píxel debe emitir suficiente energía. Un fuego incipiente de unos pocos metros cuadrados puede pasar completamente desapercibido hasta que crece.
La tercera es la geometría de la pasada. En los bordes del barrido, los píxeles se deforman y se agrandan considerablemente —pueden pasar de 375 metros a más de 800—, lo que degrada tanto la precisión de la posición como la capacidad de detectar focos pequeños.